Entre los siglos VIII y XV, al-Andalus articuló uno de los sistemas agroecológicos más complejos y refinados del Mediterráneo. A lo largo de este extenso periodo, la agricultura, la jardinería y el conocimiento botánico no constituyeron ámbitos separados, sino partes de una misma inteligencia territorial: una ecología de intercambios en la que circularon especies, técnicas y saberes entre Oriente y Occidente; donde se aclimataron frutales, se ensayaron injertos, se domesticaron especies silvestres y se perfeccionaron sistemas de riego, manejo de suelos y formas de cultivo adaptadas a climas variables y condiciones de escasez. La flora andalusí no fue solo un repertorio vegetal, sino una tecnología cultural para organizar la relación entre paisaje, materia viva y vida urbana
Los tratados agronómicos y botánicos andalusíes —de Ibn Baṣṣāl, Abū l-Khayr, al-Ṭignarī o Ibn al-ʿAwwām o Ibn Luyun— permiten reconstruir con extraordinaria precisión esa inteligencia ecológica. En ellos se describen especies, variedades, injertos, enfermedades, calendarios agrícolas, cualidades de las aguas o naturalezas del suelo; se clasifican plantas, se comparan métodos y se afina una práctica agronómica basada en la observación, la experimentación y la transmisión técnica. Pero las plantas no aparecen en estos textos solo como recursos o cultivos. Son también organismos dotados de comportamiento, temporalidad y cualidades sensibles: olor, frescor, textura, sombra, floración. La botánica andalusí no separa del todo utilidad y percepción; reconoce en la forma, el aroma o la estacionalidad parte de la propia inteligencia de lo vivo.
Ese mismo imaginario vegetal atraviesa también su poesía, donde jardines y especies no son solo motivo literario, sino materia sensible de una cultura que pensó el paisaje como experiencia. En la Sevilla taifa del siglo XI, bajo el reinado de al-Muʿtamid, esa sensibilidad alcanzó una de sus formulaciones más intensas: la huerta, el agua, la sombra y la floración aparecen en la poesía no como simple ornamento cortesano, sino como parte de una percepción refinada del territorio. Junto a los tratados agrícolas, los fragmentos poéticos reunidos en esta instalación prolongan esa otra dimensión del mundo vegetal andalusí: no sólo cómo se cultivaba, sino también cómo se percibía, miraba, olía, o como se nombraba y se imaginaba.
En ese horizonte, huerta, jardín y paisaje no constituían órdenes distintas. Formaban parte de una misma infraestructura ambiental en la que producción, representación y experiencia sensible se encontraban profundamente entrelazadas. La sombra, la humedad, la floración, el aroma, la densidad del follaje, el sonido del agua o la disposición de los frutales no eran elementos accesorios de una escena decorativa, sino componentes activos de una tecnología climática y perceptiva. La belleza no se situaba fuera de la técnica: era una de sus formas de eficacia.
La puerta taifa del siglo XI que hoy preside este espacio opera aquí como umbral hacia ese mundo. No solo como vestigio arquitectónico, sino como acceso material a una forma histórica de organizar la relación entre espacio construido, conocimiento ecológico y materia viva. Una cultura capaz de hacer del jardín o la huerta no solo un decorado, sino una verdadera infraestructura territorial, un clima.
Atendiendo a ello, proponemos utilizar la disposición del nuevo mobiliario como soporte de un programa expositivo articulado como una antología (etimológicamente “selección de flores”) de 68 especies botánicas presentes en la ciudad, que se hallan recogidas en la tratadística y poesía andalusí. Algunas pertenecen al sustrato mediterráneo de larga duración; otras llegaron por rutas de intercambio y fueron aclimatadas en al-Andalus; otras perviven hoy desplazadas, transformadas o resignificadas en jardines, patios, solares y huertos urbanos. Juntas componen una constelación botánica y literaria donde se cruzan continuidad, migración, domesticación y memoria.
Los contenidos asociados a estas especies se prolongan además en una cartografía digital que permite situar sus formas vivas en la ciudad actual. Esta cartografía complementa la instalación trazando una continuidad entre el archivo botánico y el paisaje contemporáneo, y permite localizar en Sevilla la persistencia material de muchas de estas especies en calles, jardines, patios y huertos urbanos. La flora andalusí no aparece así solo como memoria textual o repertorio histórico, sino como presencia todavía activa y distribuida en el tejido urbano como auténtico refugio climático.
Leídas en conjunto, estas plantas y estos textos permiten reconocer la flora andalusí no como un inventario cerrado ni como una imagen idealizada del pasado, sino como una ecología cultural compleja: un ensamblaje dinámico de especies, saberes, infraestructuras y formas de percepción que transformó profundamente el territorio y cuya persistencia todavía estructura, de manera visible o latente, los modos en que habitamos el sur peninsular.
Este proyecto propone releer ese legado no como herencia inmóvil, sino como herramienta crítica para el presente. No se trata de restaurar una imagen histórica del jardín andalusí, sino de reactivar las lógicas ecológicas que lo hicieron posible: la atención al clima, la gestión de la escasez, la inteligencia hidráulica, la diversidad cultivada, la proximidad entre utilidad y belleza, entre conocimiento técnico y experiencia sensible. Frente a la creciente desertificación material y simbólica del entorno, la flora andalusí aparece aquí no como nostalgia botánica, sino como archivo operativo: una memoria vegetal desde la que volver a pensar cómo habitamos, cultivamos y sostenemos el presente.
La selección de textos se precipita en una suerte de libro desplegable para sentarse. Un libro compuesto por 68 páginas fresadas sobre madera de abedul que, en lugar de encuadernarse, se despliega sobre el perímetro de la sala mediante una serie de estructuras inspiradas en las sillas plegables tradicionales. Cada una de ellas contiene un fragmento de poesía, tratadística o pensamiento botánico andalusí, transformando la lectura en una experiencia corporal y colectiva. El conjunto convierte el espacio en una biblioteca expandida donde los textos dejan de ocupar estanterías para integrarse en la arquitectura y acompañar la estancia de los visitantes.
La disposición perimetral de las piezas permite además sustituir las aproximadamente cincuenta sillas fijas existentes por sesenta y ocho asientos móviles capaces de reorganizarse según las necesidades de cada actividad. Conferencias, encuentros, talleres o visitas comentadas pueden así reconfigurar el espacio sin alterar la integridad del dispositivo expositivo, convirtiendo el mobiliario en una infraestructura flexible para el uso cotidiano de la sala.
Las estructuras han evolucionado a partir de la tipología tradicional de silla plegable para responder a las singularidades del lugar. Su altura se ha ajustado para dialogar con la presencia de la tarima existente y, al mismo tiempo, ocultar visualmente la barandilla metálica contemporánea situada tras ellas. Esta misma barandilla se reutiliza como sistema de fijación mediante pequeños imanes de neodimio integrados discretamente en cada pieza, evitando perforaciones o transformaciones irreversibles sobre el edificio histórico.
Tras las sillas siempre aparece la luz. En algunos puntos procede de la iluminación de la propia muralla y de la puerta taifa; en otros, de una línea continua de LED oculta bajo el angular que recorre el perímetro de la sala. Aprovechando esta condición, los textos han sido fresados sobre la superficie de la madera para que la luz emerja a través de las palabras. La operación establece un diálogo con una larga tradición intelectual islámica en la que escritura y luminosidad aparecen estrechamente vinculadas. Numerosos autores identificaron el conocimiento con una forma de iluminación interior, mientras que la propia caligrafía fue entendida como una manifestación visible de la palabra, capaz de hacer presente aquello que nombra. Al atravesar las letras, la luz transforma los textos en una materia casi inmaterial, suspendida entre la presencia física de la madera y la dimensión simbólica del conocimiento que contienen.
Para la fabricación del dispositivo se han empleado paneles de contrachapado de abedul finlandés procedentes de bosques gestionados de forma sostenible, en espesores de 18 y 9 mm. Se trata de un material ligero, resistente, fácilmente mecanizable y con una huella ambiental relativamente reducida. El volumen de madera incorporado a la instalación almacena aproximadamente 1,2 toneladas de CO₂ biogénico fijado durante el crecimiento de los árboles, reteniendo carbono atmosférico en un elemento de uso prolongado.
Los cálculos de huella de carbono asociados a la extracción de materias primas, fabricación de los paneles, transporte, mecanizado local y montaje final se estiman entre 700 y 800 kg de CO₂ equivalente, una cifra contenida para una intervención de estas características. En términos comparativos, esta cantidad equivale aproximadamente al carbono que podrían absorber los naranjos del Patio de Banderas en un año, estableciendo una relación directa entre el impacto material de la intervención y la capacidad regenerativa del paisaje histórico que la rodea. La instalación se concibe así no solo como soporte de una memoria cultural y botánica, sino también como un ejercicio de responsabilidad material y ambiental.
Este proyecto es una iniciativa de FUNDACIÓN BIODIVERSIDAD. Ideación y diseño: NOMAD GARDEN | Selección de textos: NOMAD GARDEN | Traducción árabe: KHALED MOHAMED ABDOU | Noticias históricas: JUAN A. ROMERO|Prototipado y corte: CÓRTATE | Carpintería: IVÁN VEGA | Programación: DAVID SOLÍS y JUAN GALÁN | Iluminación: INATEL | La instalación ha sido financiada por la UNIÓN EUROPEA – NEXT GENERATION EU. Sin embargo, los puntos de vista y las opiniones expresadas son únicamente de los autores y no reflejan necesariamente los de la Unión Europea o la Comisión Europea. Ni la Unión Europea ni la Comisión Europea pueden ser consideradas responsables de las mismas.
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